viernes, 7 de febrero de 2014

Sobre el valor de las cosas (I)

En el transcurrir diario de nuestras vidas solemos considerar a distintos objetos (ya sean materiales o intelectuales, en tanto que conceptos) dotados de un valor per se, esto es, un valor más allá de la utilidad. Pero la cuestión es problemática.
En primer lugar hay que resolver el interrogante acerca del propio término valor. ¿A qué nos referimos cuando afirmamos que algo es valioso, que tiene valor? Parece, en cierto sentido, que lo valioso es deseable, y lo que deseamos lo hacemos porque es valioso. Ahora bien, esta forma de entenderlo genera problemas. Por un lado, aparece la cuestión acerca de lo deseable a corto plazo, y lo deseable a largo plazo. En muchas ocasiones atribuimos un mayor valor a lo deseable a largo plazo, pero actuamos con el fin de alcanzar aquello más próximo en el tiempo. Además también se dan situaciones en las que, previo razonamiento, se considera pernicioso o no valioso lo que se desea a corto plazo. Por el otro lado, lo deseable siempre lo es para algo, ya sea más próximo o más lejano en el tiempo. Deseamos, por ejemplo, comer sano para sentirnos mejor, para gozar de buena salud, para alcanzar una buena figura y aumentar nuestra autoestima, etc. Así, si se concibe el valor de algo de acuerdo a que sea deseable, ese valor es un valor para, y nunca un valor en sí.
También podemos identificar lo que tiene valor con lo bueno. Algo es bueno porque tiene valor, y ese algo tiene valor porque es bueno. Parece una idea bastante plausible. Ahora bien, encontramos el mismo problema que en el caso anterior: el "ser bueno" es siempre atendiendo a la utilidad, al fin. Algo es bueno, y por tanto, en este sentido, valioso, en tanto que es una herramienta para alcanzar algo, que consideramos a su vez bueno. Consideramos por ejemplo que el amor es bueno porque nos hace ser felices, y consideramos malo el odio porque movidos por él nosotros o los demás podemos causar daño. El bien y el mal vienen determinados por la finalidad, por el aquello para lo cual. 
Parece, pues, en principio, que el valor viene dado por la utilidad de tal bien u objeto. Queda, así, rechazada la idea del valor intrínseco de determinados objetos. 
Sin embargo, en la conceptualización del valor como lo bueno para, encontramos un resquicio en el principio afirmado: si todo lo valioso lo es porque es bueno, o útil, para alcanzar un fin, este fin debe ser también valioso, en tanto que medio para, y así sucesivamente. ¿Qué ocurre entonces? Aparece una regresión al infinito que no soluciona el problema del valor de los objetos. El valor viene dado por ser medio para. Aquello que es fin es también bueno, y por tanto útil para alcanzar otro objeto. Esto nos lleva a tener que afirmar un principio valioso en sí mismo, que suponga el fin último. En uno de los ejemplos anteriores encontramos a uno de los candidatos: se ha establecido que la valía del amor viene dada por ser medio para la felicidad. La felicidad podría ser aquello bueno en sí.
Cuando se hace presente esta cuestión el silencio se hace en nuestra reflexión. ¿Cabe preguntarse por la utilidad de la felicidad? Parece, en principio, que no, que la felicidad es valiosa por sí misma y en sí misma. Deseamos ser felices, y lo establecemos como valioso, no por su utilidad. Alguien podría argüir a este respecto que si hay un fin en el deseo de consecución de la felicidad: queremos ser felices porque nos hace sentir bien. Sin embargo, no es el sentirse bien un fin diferente de la felicidad, sino que puede interpretarse como la definición de la misma. La felicidad consiste en sentirse bien. Nos encontramos, así, con una afirmación que respondería al interrogante de este escrito: existe algo que es valioso en sí y por sí, y esta es la felicidad, pues deseamos la felicidad porque nos hace sentir bien, y puesto que sentirse bien es aquello en que consiste la felicidad, la felicidad tiene valor porque nos hace ser felices. La felicidad es valiosa en sí misma.
Existe, pues, algo valioso en sí mismo: la felicidad. Pero, esta consideración puede plantear otros problemas con respecto al valor de otras cosas que consideramos extremadamente valiosas. Es el caso, por ejemplo, de la vida, de la libertad, la igualdad, o incluso del conocimiento. ¿Dejaría de tener valor una vida abocada a la infelicidad?¿ podrían ser eliminadas las libertades políticas, así como la igualdad, en el caso de que no condujesen a la felicidad?¿Estaríamos todos de acuerdo en considerar al conocimiento una herramienta, y no un fin en sí mismo?





Fabián Portillo a 7 de febrero de 2014.

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