Sirviéndose de la potente metáfora de lo
líquido, Bauman analiza en esta obra la estructura del mundo actual, señalando
sus rasgos distintivos respecto a la llamada modernidad sólida, a través de
cinco capítulos dedicados al examen de los conceptos de emancipación,
individualidad, espaciotiempo, trabajo, y comunidad. En ellos el autor muestra
cómo estos procesos de licuefacción afectan hoy a la condición humana.
En general, Bauman habla de una
“redistribución de los poderes de disolución y reasignación de la modernidad”
(p. 12) , por lo que el análisis que lleva a cabo en torno al proceso de
individualización, sobre todo en los primeros capítulos , dedicados
respectivamente a la emancipación y la individualidad, resulta fundamental para
entender la modernidad líquida, caracterizada por la privatización del espacio
público y la creciente dinámica sinóptica de los poderes globales. Así,
basándose en la teoría de Beck sobre la “modernización del individuo”, Bauman
distingue dos tipos de autonomía: de iure
y de facto. Sin embargo la autonomía de iure, de la que disponen los
individuos resulta impotente para producir efectos sobre una realidad que, tal
como señala Bauman citando a Beck “Exige soluciones biográficas a contradicciones
sistémicas”(pág. 40).
En este sentido, la idea de emancipación se ha desvanecido en la
autoafirmación individual, que tras la II Guerra Mundial experimentó un impulso
sin precedentes, paralelo al desarrollo económico y el aumento de la riqueza en
occidente. La responsabilidad que antaño correspondiera al estado, a la política, ha descendido al nivel
de la cohabitación social y las políticas de vida, haciendo de la subjetividad
el principal y más poderoso elemento articulador de la modernidad. Así, la nueva condición del individuo como
lugar constante de elección, implica un profundo sentimiento de incertidumbre,
inseguridad, y autoculpabilidad, que va a ser canalizado a través de exorcismos
como el cuidado obsesivo del cuerpo ,o la compra compulsiva, orientada a la
materialización inmediata del deseo, que en la era del capitalismo leve a
sustituido a la necesidad. Sólo el deseo es deseable. Nuestra condición de
consumidores compulsivos, -y en esto coincido
con Bauman-, se extiende más allá del acto de comprar, configurando
nuestro horizonte de acción, así como nuestros límites “epistemológicos”. La
libertad de nuestro tiempo consiste en la posibilidad de satisfacción
momentánea que el mercado de identidades, experiencias y sensaciones, siempre
en movimiento, nos ofrece.
Bauman señala acertadamente cómo
la búsqueda de identidad se ha convertido en imperativo categórico, ante la
disolución inminente de los vínculos sociales. Esta búsqueda está ligada a la
necesidad de autodefinición en un mundo inestable, lo que le otorga un carácter
volátil y transitorio mediado por la fantasía, en tanto que la autenticidad
pretendida solo es concebible en la unidad del otro. El resultado real es una sociedad individualizada, sesgada para la capacidad de
acción; donde cualquier intento de unión es vivido como un encuentro de
subjetividades; un espectáculo del que los distintos agentes sólo pueden
aspirar al aprendizaje intersubjetivo para superar dificultades privadas.
Así, en oposición a Habermas, Bauman afirma-
a mi juicio con razón- la privatización del espacio público. Partiendo de ahí,
el autor considera obsoleta la teoría crítica clásica; pues si bien en el
pasado su objetivo fundamental pasaba
por la afirmación del individuo, libre del poder autoritario del estado
totalizador, en la actualidad el reto de la crítica debe procurar la
reconstrucción el espacio perdido mediante una política “con mayúsculas” capaz
elevar las problemáticas privadas a objetivos comunes, volviendo así a
proyectar una idea unitaria de sociedad justa, y uniendo lo que hoy se halla
crónicamente desarraigado.
Sin embargo, aunque la propuesta de Bauman, basada en el modelo
republicano, es interesante y está articulada con lucidez, a mi juicio resulta
demasiado abierta, pues no da demasiadas concreciones, y en ese sentido no
avanza mucho más que otras visiones “posmodernas”,
cuyas propuestas, en el fondo, no van más allá de una versión humanizada del capitalismo. No obstante, ya en el epílogo Bauman nos
recuerda que poner de manifiesto las contradicciones no implica poder
solucionarlas.
Bauman atribuye esta creciente
volatilidad de las relaciones sociales a la falta de verdaderos hábitos de
civilidad, entendida hoy como la capacidad de preservar la condición de
extraño, tanto del otro como de uno mismo. Esto se traduce en la estructura de las ciudades, carentes de
espacios capaces de fomentar la vida en común, tal como se manifiesta en el
capítulo tres, dedicado a las nuevas relaciones espacio- tiempo. En este punto
destaca la distinción que Bauman, siguiendo la terminología de Levi- Strauss,
lleva a cabo para describir las estrategias actuales para neutralizar la
“otredad” . Las antropofágicas tienden a “engullir” las diferencias a través de
actividades homogéneas que refuerzan el sentimiento comunitario. Los grandes
“Templos del consumo” encarnan como ningún otro este tipo de espacios. En ellos
es posible experimentar la diferencia sin riesgo. La ilusión del consumo
consiste precisamente en esta ficticia conciliación de libertad y seguridad, experimentada de forma individual. En cambio,
fuera de estos espacios purificados, la estructura de las ciudades revela la
estrategia contraria o antropoémica
cuyo fin es la exclusión. La sensación comunitaria desaparece en el exterior
dominado por el miedo a los estratos marginales que se acumulan en los no-
espacios : suburbios y lugares de tránsito, exentos de toda posibilidad de
negociabilidad. La realidad social, tal como es vivida por los individuos da
lugar a visiones muy distintas del espacio de cohabitación, en función de las
diferencias económicas del nuevo capitalismo. De esta forma , mientras los
ricos viven en guetos voluntarios, los “desechos humanos” se acumulan en
lugares no definidos e invisibles al estar fuera de las redes de comunicación
globales.
El arte de la vida en común, o , más enfáticamente, la condición del hombre
como animal social, a sido sustituida por la búsqueda insaciable de identidad,
imposibilitando toda acción colectiva. El modelo de sociedad proyectado se
asemeja a lo que R. Sennet ha denominado
“mito de la solidaridad comunitaria”; una sociedad ideal y sobre todo pura;
libre de elementos patógenos que puedan perturbar su interior. Como en el caso
del cuerpo, la seguridad se convierte en la principal obsesión. Los organismos
sociales tienden a la inmunización de la enfermedad que la
otredad representa desechando el valor de la diferencia, y en este sentido,
cuanto más homogénea es una sociedad, señala Bauman, más grande es el miedo al
otro dentro de la misma.
De esta “inmunización”, se
desprenden reacciones “iatrogénicas” manifestadas en el surgimiento de
comunidades étnicas cerradas, como respuesta a la intemperie existencial, y la
necesidad de protección ante la fragilidad
de los vínculos sociales.
Dicha problemática es tratada en profundidad en el capítulo cinco, en el
que Bauman analiza el concepto de comunidad. En primer lugar pone de relieve
como las comunidades se han convertido en una postulación, justamente por su
disolución como realidad dada. Después describe varias patologías de orden
comunitario, señalando el surgimiento de comunidades
explosivas, y de guardarropa. Partiendo de un análisis acerca de la
naturaleza de las mismas, fundamentada en la violencia contra el otro, Bauman
señala cómo la élite nómada aprovecha la violencia de las comunidades
explosivas de carácter local, para encubrir la imposición de la globalización
“por otros medios” ante la pérdida de los poderes estatales. Por su parte las comunidades guardarropa propias de las
minorías acomodadas, se convierten en una vía de purificación que permite a los
individuos aplacar, durante los actos comunitarios, el sentimiento de
inseguridad que provoca el mundo exterior. Así, estas comunidades se entienden
como un producto de consumo más, sin
consecuencias al “día siguiente”.
Otro de los puntos fuertes de la obra es el
nuevo dinamismo de las relaciones espacio-tiempo, en la modernidad líquida. Mientras que en el periodo sólido el tiempo
era concebido como herramienta para dominar el espacio, en la actualidad
asistimos a su devaluación debido a un dominio casi total del tiempo. La modernidad actual se diferencia del
periodo sólido fundamentalmente por adoptar formas más laxas y flexibles que
implican un cambio de mentalidad,
entendido como un desplazamiento de la problematicidad de los medios a
los fines.
La era de la casi instantaneidad, por otra parte, ha hecho posible la
emancipación del capital respecto al trabajo. La dominación moderna, nos dice
Bauman, está en manos de aquéllos que tienen una mayor capacidad de movimiento.
La condición de los individuos actuales se
halla, entonces, sujeta al miedo y la incertidumbre derivados de la
imprevisibilidad de movimientos del capital.
Ya en el capítulo cuatro, dedicado a la
evolución del trabajo, Bauman utiliza la metáfora del matrimonio para explicar
las relaciones entre capital y mano de
obra, entendida por primera vez como mercancía. La fábrica fordista, y en general la producción industrial se
convierten en paradigmas del progreso, entendido como destino común. La mutua
dependencia de capital y trabajo que caracterizaba la modernidad sólida,
permitía que se desarrollaran estrategias de acción a largo plazo mediadas por
la soberanía estatal. En contraposición, la modernidad líquida ha privatizado
la idea de progreso, sustituyendo lo durable por lo transitorio. Tomando como
referencia una vez más a Beck “El
individuo en sí mismo se transforma en la unidad reproductiva de lo social en
el mundo vital”(pág. 144). Obsérvese, como los procesos de licuefacción arriban
nuevamente en el individuo, cuyo contexto laboral va estar marcado por la
flexibilidad, la desregulación, y la inestabilidad provocada por este divorcio
entre la mano de obra impotente y el capital, libre y rápido. En el mundo
empresarial, esto se expresa en las
nuevas estrategias de reducción- fusión. Ello permite una mayor adaptabilidad a
un mercado siempre variable; pues al tiempo que las empresas se libran de
cargas innecesarias, adquieren una mayor capacidad de movimiento a nivel
global, sin tener en cuenta las consecuencias, lo que según Bauman lleva a la
ética a un “territorio inexplorado” hasta ahora.
Por su parte, el estado también ha
quedado subordinado al flujo permanente de los poderes económicos. Cualquier
gobierno moderno y razonable será aquel capaz de seducir a los inversores
mediante nuevas desregulaciones, si no quiere arriesgarse a la imposición de la
globalización por “otros medios”, que pueden ir desde restricciones económicas hasta el conflicto
directo , no sujeto ya a la invasión territorial. Al igual que en el caso del
individuo, la autoridad de los gobiernos en la modernidad líquida es mantiene
sólo de iure.
La profundidad con que el autor
analiza tales problemáticas, hoy de máxima actualidad, hacen de la obra- cuya fuerza principal
reside en su minuciosidad descriptiva- una valiosa herramienta para comprender
cuál es el terreno actual de la historia;el
campo de batalla. Además, el estilo de Bauman, a medio camino entre la
literatura, la filosofía y la sociología, prolífico en ejemplos y comparaciones
, hacen estimulante su lectura, aunque tal vez la estructura de los capítulos,
pueda resultar reiterativa en algunas partes que parecen solaparse, debido a
que toda la obra es un despliegue del propio concepto de le da título, modernidad líquida.
Rubén Fernández a 30 de Octubre de 2013.