Siempre pensé que sería capaz de comprenderlo todo. No me importaron
jamás los hechos en sí, sino,mas bien,
todo aquello que los rodeaba. Resultaba intrigante que aquel círculo
siempre estuviese presente. En cada lugar, a cada instante y a cualquier hora
el fenómeno se repetía, y entonces yo quedaba atónita, atrapada en aquélla
visión constante de lo perfecto, sin la carencia propia del resto de las cosas. En aquel bizcocho estaba la verdad. Sólo
necesite ocho de mis veinticuatro años para tomar plena conciencia de ella. Pero
a pesar de la certeza indiscutible que un descubrimiento así entrañaba, surgió
en mí una preocupación lícita para mi edad ¿Y si hasta entonces mi madre me
había estado dando de merendar la verdad misma?. Esto resultaba inviable,absurdo,
pues, cómo, si no, habría yo de saber de la existencia del círculo. Aquello no
podía ser, el molde podía ser de corazón o en forma de estrella, y además mamá
siempre cortaba el bizcocho en triangulitos con lo que ya no podíamos estar
tratando con el circulo mismo, si no sólo con una pequeña parte de él. Cuando
atardece, le decía a veces a mi madre mientras batía los huevos, el naranja
tiene la forma del cielo, y el cielo la forma de las nubes que sólo tienen
forma de dragón, o de camioneta, o de nubes como las de los cuadros.
Una misma nube dibuja un
transatlántico ahora que me acerco a los veinticinco, al mismo tiempo que se
transforma en un pez espada . Y en ese tránsito mis ojos contemplan como el
barco se hunde y los pasajeros saltan por la borda ante el inminente desastre,
y entonces ya no existen sino en su condición de cola de pez.
Fue a partir de uno de esos días casi translúcidos, en los que aún
miraba las nubes-, ora naranjas y marrones en Noviembre, ora casi violetas,
debido a la pureza de una luz como empapada,- cuando comenzó de verdad lo que
he resuelto llamar revolución de las
formas. De repente todas se habían liberado de la apariencia de los objetos,
emergiendo casi a priori de la realidad, y dando sentido al caos de las cosas
perecederas. Desde entonces me hallo en constante revolución con el mundo que
queda del otro lado, el mundo de afuera que siempre se muestra disfrazado de
esa trivialidad fingida que nos hace confiar plenamente en lo que vemos. Con el
tiempo la costumbre se convierte en ceguera, y es entonces cuando todo se
vuelve gris, revestido de un intenso velo metalizado. El mundo es ahora opaco,
mate, uniforme. No queda lugar para la sorpresa, la estupefacción, o el
descubrimiento genuino. Se han agotado los días del entusiasmo, del verde y el
naranja, del azul ultra marino, de la frescura. La razón a terminado
sustituyendo al impulso, y el rojo a cualquier otro color que se conozca,
aunque rara vez el rojo me transmite la paz que necesito para razonar y
reflexionar con cierto juicio, sobre todo si lo que se discute son asuntos de
amor, o se trata de ejecutar a alguien.
Lo mejor, al menos así lo he venido a considerar, sería clasificarlo
todo conforme a los colores, conforme a la mera intuición de las posibilidades
simplemente por su condición variable. Estamos ante el comienzo de la sociedad
del riesgo, -también llamada de la libertad-, que paradójicamente, exige una
obligada contribución mutua. La cooperación, de hecho, es un principio que se
impone una y otra vez como una verdad matemática, aunque resulta curioso como
un axioma dibujado con números se nos presenta, en la mayoría de los casos, más
creíble que el hecho mismo, del que además somos protagonistas directos, fabricados
con, y mediante esa misma contradicción inserta dentro de nuestra realidad; que
es en sí, lo real. El dos debería ser el número de la realidad. No se trata
aquí de tomar por hecho la existencia de un alma y un cuerpo con todo lo que
ello significa, si no que, más bien ,lo que hay, lo metafísico, no representa
más que el intento infinito de hallar el equilibrio entre la dualidad que le atribuimos
al mundo y las cosas mismas, en persecución constante de una síntesis absoluta
respecto a los elementos y los fenómenos que se derivan sólo del conjunto de
sus relaciones mutuas. La representación es el principal vehículo que los seres
humanos han elegido y preservado como medio para sobrevivir. Todo se presenta
en parejas: izquierda derecha, norte –sur, amor –odio, vida-muerte, blanco-
negro,- dios- el diablo, el cielo el infierno, azul- rojo, niño o niña, azul o
rosa. Las cosas se definen por las no cosas. Yo, en el fondo, soy más un tú; me constituyo en el mundo como tu
representación de mi, y al mismo tiempo soy actor y director de unapelícula ,
que puede ser larga o corta , de Tarantino o de Rambo, nacional o americana,
buena o mala, en color o en blanco y negro, de youtube o del cine.
Todo esto sucedió, más o menos, entre el verde y el negro, por una parte
,y rojo y el azul, por otra. No necesariamente explicitaré aquí todas las
turbulencias y coyunturas que esta época supuso en mi vida, pero si que puedo
seleccionar un concepto para definirlo todo en los términos mas visuales y precisos
posibles. El contraste, por ejemplo. La mera acentuación de la realidad, el
sufrimiento de lo distinto, la mutación y el cambio. Primero- me decía en una
ocasión mi profesor de pintura- desarrollamos una obstinación injustificada,
supongamos, sobre el color azul, y confiamos todo lo confiable a una sola
posibilidad. Esto puede convertirnos en intérpretes originales, pero no
necesariamente sinceros con nuestra búsqueda. Tiene que haber algo más. De
nuevo se nos plantea la misma coyuntura, el mismo modelo tantas veces repetido:
la diversidad o la unidad, la razón o los sentidos. La duda me lleva, de algún
modo, a explorar lo nunca pensado, o lo pensado demasiado poco, o en sentido
opuesto en tanto contrario del pensamiento mismo, aquí y ahora. Estoy , en suma
, corriendo un riesgo.
En resumen , cuando uno, a los 16 años, se aburre del azul, tiene dos
posibilidades; o bien opta por adoptar una nueva obstinación que sustituya a la
anterior, o bien puede optar por una combinación de ambos elementos a partir
del azul. Esto significa, necesariamente, aceptar una realidad donde las cosas
no son cosas por parecerse entre sí, por identificarse en un todo, sino que
ahora cada elemento es autosuficiente, y se define por si mismo, precisamente
por su diferencia con el resto. Esto nos lleva de nuevo a la realidad dualista
que se encuentra en el genoma de todas las caras del gran cubo de cristal, que sostiene y
ordena los hechos, al margen de cualquier conocimiento identificable. Es
posible que, como afirmara Kant, sólo el fenómeno, aquello que aparece ante
nosotros, que nos es dado de manera inequívoca, constituya lo único que nos es
dado conocer mediante la razón. El noúmeno, la cosa en sí, la identidad por sí
misma, dice Kant, se nos escapa. De nuevo nos hallamosaqí en el mismo punto, yante
la misma pregunta tantas veces formulada ¿Qué son las cosas? ¿Qué es la
realidad?. Para Schopenhauer, por
ejemplo, la verdad no nos es cognoscible
, sino que todo es un reflejo de la auténtica realidad, y por lo tanto , lo único posible, y verdadero ,
es la representación. Para Schopenhauer, una obra de arte revelaba más verdades
que cualquier teoría científica. La música, decía Schopenhauer, es la más pura
y humana de las artes, la sublimación de la búsqueda incansable de la síntesis
entre contenido y forma.
Después de los primeros años, de
los primeros colores, más o menos a mis diecinueve, ya no se podía hablar de mí
en términos puramente contrastados. Dentro de mis dos mitades , de mis dos yo,
que estaban dejando de ser pasajeros del Titánic, para convertirse en la cola
de un pez espada, se daba cierta tolerancia, cierta cooperación. Más que una
revolución todo se me presentaba como una transición democrática lícita, según
los procedimientos legales. Algo está cambiando , pero más despacio. Donde
antes había impulsos o necesidades , ahora hay experiencias y decepciones,
unidas a cierta dosis de resignación. Ya no se dan esos vivos contrastes de la
primera juventud, atrevidos, estuvieran equivocados o no. Ya nada es verde y rojo,
o azul y naranja, sino que es el tiempo de los matices , de aprovechar el
momento y recrearse con las pequeñas diferencias, e identificarse con el nuevo
discurso sobre la realidad. Me viene a la mente algo de Velázquez. Cualquiera
de sus obras representa la exaltación de la diferencia, representa el barroco
en general, la contradicción , lo trágico y lo histriónico; la concepción de la
vida y de la existencia como un teatro. No me extraña en absoluto que se hable
del barroco como la edad de oro. No me extraña que Cervantes escribiera el
quijote en 1605, en medio un mundo de paradojas y contradicciones. El Quijote
es el héroe de la contradicción, es objeto y sujeto, actor y director de toda
una realidad. La locura razonable.
Siempre recordaré el barroco con
especial estima, aunque sólo sea por ese examen de septiembre que me bebí en
media hora. Recuerdo que disfrutaba con cada imagen, con cada representación de
un determinado discurso, en un determinado momento. Disfrutaba con las
hilanderas, con la atmósfera de un taller que parece dibujado en el seno de
enrevesados sueños. Con el burlador de Sevilla empapado de una penumbra
cotidiana y profunda. Con la vieja friendo huevos... En fin, es normal que de los diecinueve a los
veinte, uno aprecie estas cosas, y rechace sin más la pintura de algúnpostmoderno. El
arte por el arte. Menuda estafa.
Lentamente, veo ahora
deshacerse el pez espada, cuya arma esta
siendo llevada poco a poco por los altos aires, y apuro los últimos segundos
que me quedan antes de los veinticinco, antes de las ocho en punto y ocaso casi
total del sol, en intentar determinar que será la nube ahora, en que se
transformará ahora, pues ,siempre es recomendable constatar que uno no se ha
quedado ciego, por no haberse detenido un momento para mirar. Por eso hoy , el
primer hoy de mis veinticinco años, en que he vuelto a contemplar el circulo
perfecto que me llevo a la revolución de las formas y que he venido sufriendo
intermitentemente durante tantos años, puedo afirmar que la realidad, ahora un bizcocho con demasiada levadura.
Rubén Fernández a 29 de Octubre de 2013.
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