miércoles, 30 de octubre de 2013

Sobre Modernidad Líquida, de Bauman.

      Sirviéndose de la potente metáfora de lo líquido, Bauman analiza en esta obra la estructura del mundo actual, señalando sus rasgos distintivos respecto a la llamada modernidad sólida, a través de cinco capítulos dedicados al examen de los conceptos de emancipación, individualidad, espaciotiempo, trabajo, y comunidad. En ellos el autor muestra cómo estos procesos de licuefacción afectan hoy a la condición humana.
    En general, Bauman habla de una “redistribución de los poderes de disolución y reasignación de la modernidad” (p. 12) , por lo que el análisis que lleva a cabo en torno al proceso de individualización, sobre todo en los primeros capítulos , dedicados respectivamente a la emancipación y la individualidad, resulta fundamental para entender la modernidad líquida, caracterizada por la privatización del espacio público y la creciente dinámica sinóptica de los poderes globales. Así, basándose en la teoría de Beck sobre la “modernización del individuo”, Bauman distingue dos tipos de autonomía: de iure y de facto.   Sin embargo la autonomía de iure, de la que disponen los individuos resulta impotente para producir efectos sobre una realidad que, tal como señala Bauman citando a Beck “Exige soluciones biográficas a contradicciones sistémicas”(pág. 40).
En este sentido, la idea de  emancipación se ha desvanecido en la autoafirmación individual, que tras la II Guerra Mundial experimentó un impulso sin precedentes, paralelo al desarrollo económico y el aumento de la riqueza en occidente. La responsabilidad que antaño correspondiera al  estado, a la política, ha descendido al nivel de la cohabitación social y las políticas de vida, haciendo de la subjetividad el principal y más poderoso elemento articulador de la modernidad.  Así, la nueva condición del individuo como lugar constante de elección, implica un profundo sentimiento de incertidumbre, inseguridad, y autoculpabilidad, que va a ser canalizado a través de exorcismos como el cuidado obsesivo del cuerpo ,o la compra compulsiva, orientada a la materialización inmediata del deseo, que en la era del capitalismo leve a sustituido a la necesidad. Sólo el deseo es deseable. Nuestra condición de consumidores compulsivos, -y en esto coincido  con Bauman-, se extiende más allá del acto de comprar, configurando nuestro horizonte de acción, así como nuestros límites “epistemológicos”. La libertad de nuestro tiempo consiste en la posibilidad de satisfacción momentánea que el mercado de identidades, experiencias y sensaciones, siempre en movimiento, nos ofrece.
Bauman señala acertadamente cómo la búsqueda de identidad se ha convertido en imperativo categórico, ante la disolución inminente de los vínculos sociales. Esta búsqueda está ligada a la necesidad de autodefinición en un mundo inestable, lo que le otorga un carácter volátil y transitorio mediado por la fantasía, en tanto que la autenticidad pretendida solo es concebible en la unidad del otro.  El resultado real es una sociedad individualizada, sesgada para la capacidad de acción; donde cualquier intento de unión es vivido como un encuentro de subjetividades; un espectáculo del que los distintos agentes sólo pueden aspirar al aprendizaje intersubjetivo para superar dificultades privadas.
   Así, en oposición a Habermas, Bauman afirma- a mi juicio con razón- la privatización del espacio público. Partiendo de ahí, el autor considera obsoleta la teoría crítica clásica; pues si bien en el pasado su objetivo fundamental  pasaba por la afirmación del individuo, libre del poder autoritario del estado totalizador, en la actualidad el reto de la crítica debe procurar la reconstrucción el espacio perdido mediante una política “con mayúsculas” capaz elevar las problemáticas privadas a objetivos comunes, volviendo así a proyectar una idea unitaria de sociedad justa, y uniendo lo que hoy se halla crónicamente desarraigado.
  Sin embargo, aunque la propuesta de Bauman, basada en el modelo republicano, es interesante y está articulada con lucidez, a mi juicio resulta demasiado abierta, pues no da demasiadas concreciones, y en ese sentido no avanza mucho más  que otras visiones “posmodernas”, cuyas propuestas, en el fondo, no van más allá de una versión humanizada del capitalismo.  No obstante, ya en el epílogo Bauman nos recuerda que poner de manifiesto las contradicciones no implica poder solucionarlas.
Bauman atribuye esta creciente volatilidad de las relaciones sociales a la falta de verdaderos hábitos de civilidad, entendida hoy como la capacidad de preservar la condición de extraño, tanto del otro como de uno mismo. Esto se traduce  en la estructura de las ciudades, carentes de espacios capaces de fomentar la vida en común, tal como se manifiesta en el capítulo tres, dedicado a las nuevas relaciones espacio- tiempo. En este punto destaca la distinción que Bauman, siguiendo la terminología de Levi- Strauss, lleva a cabo para describir las estrategias actuales para neutralizar la “otredad” . Las antropofágicas tienden a “engullir” las diferencias a través de actividades homogéneas que refuerzan el sentimiento comunitario. Los grandes “Templos del consumo” encarnan como ningún otro este tipo de espacios. En ellos es posible experimentar la diferencia sin riesgo. La ilusión del consumo consiste precisamente en esta ficticia conciliación de libertad y seguridad,  experimentada de forma individual. En cambio, fuera de estos espacios purificados, la estructura de las ciudades revela la estrategia contraria o antropoémica cuyo fin es la exclusión. La sensación comunitaria desaparece en el exterior dominado por el miedo a los estratos marginales que se acumulan en los no- espacios : suburbios y lugares de tránsito, exentos de toda posibilidad de negociabilidad. La realidad social, tal como es vivida por los individuos da lugar a visiones muy distintas del espacio de cohabitación, en función de las diferencias económicas del nuevo capitalismo. De esta forma , mientras los ricos viven en guetos voluntarios, los “desechos humanos” se acumulan en lugares no definidos e invisibles al estar fuera de las redes de comunicación globales.
    El arte de la vida en común, o  , más enfáticamente, la condición del hombre como animal social, a sido sustituida por la búsqueda insaciable de identidad, imposibilitando toda acción colectiva. El modelo de sociedad proyectado se asemeja a  lo que R. Sennet ha denominado “mito de la solidaridad comunitaria”; una sociedad ideal y sobre todo pura; libre de elementos patógenos que puedan perturbar su interior. Como en el caso del cuerpo, la seguridad se convierte en la principal obsesión. Los organismos sociales  tienden a  la inmunización de la enfermedad que la otredad representa desechando el valor de la diferencia, y en este sentido, cuanto más homogénea es una sociedad, señala Bauman, más grande es el miedo al otro dentro de la misma.
De esta “inmunización”, se desprenden reacciones “iatrogénicas” manifestadas en el surgimiento de comunidades étnicas cerradas, como respuesta a la intemperie existencial, y la necesidad de protección ante la  fragilidad de los vínculos sociales.
  Dicha problemática es tratada en profundidad en el capítulo cinco, en el que Bauman analiza el concepto de comunidad. En primer lugar pone de relieve como las comunidades se han convertido en una postulación, justamente por su disolución como realidad dada. Después describe varias patologías de orden comunitario, señalando el surgimiento de comunidades explosivas, y de guardarropa. Partiendo de un análisis acerca de la naturaleza de las mismas, fundamentada en la violencia contra el otro, Bauman señala cómo la élite nómada aprovecha la violencia de las comunidades explosivas de carácter local, para encubrir la imposición de la globalización “por otros medios” ante la pérdida de los poderes estatales. Por su parte las comunidades guardarropa propias de las minorías acomodadas, se convierten en una vía de purificación que permite a los individuos aplacar, durante los actos comunitarios, el sentimiento de inseguridad que provoca el mundo exterior. Así, estas comunidades se entienden como un producto de consumo  más, sin consecuencias al “día siguiente”. 
   Otro de los puntos fuertes de la obra es el nuevo dinamismo de las relaciones espacio-tiempo,  en la modernidad líquida.  Mientras que en el periodo sólido el tiempo era concebido como herramienta para dominar el espacio, en la actualidad asistimos a su devaluación debido a un dominio casi total del tiempo.   La modernidad actual se diferencia del periodo sólido fundamentalmente por adoptar formas más laxas y flexibles que implican un cambio de mentalidad,  entendido como un desplazamiento de la problematicidad de los medios a los fines.
  La era de la casi instantaneidad, por otra parte, ha hecho posible la emancipación del capital respecto al trabajo. La dominación moderna, nos dice Bauman, está en manos de aquéllos que tienen una mayor capacidad de movimiento.
   La condición de los individuos actuales se halla, entonces, sujeta al miedo y la incertidumbre derivados de la imprevisibilidad de movimientos del capital.
   Ya en el capítulo cuatro, dedicado a la evolución del trabajo, Bauman utiliza la metáfora del matrimonio para explicar las relaciones  entre capital y mano de obra, entendida por primera vez como mercancía. La fábrica fordista, y en general la producción industrial se convierten en paradigmas del progreso, entendido como destino común. La mutua dependencia de capital y trabajo que caracterizaba la modernidad sólida, permitía que se desarrollaran estrategias de acción a largo plazo mediadas por la soberanía estatal. En contraposición, la modernidad líquida ha privatizado la idea de progreso, sustituyendo lo durable por lo transitorio. Tomando como referencia una vez más a  Beck “El individuo en sí mismo se transforma en la unidad reproductiva de lo social en el mundo vital”(pág. 144). Obsérvese, como los procesos de licuefacción arriban nuevamente en el individuo, cuyo contexto laboral va estar marcado por la flexibilidad, la desregulación, y la inestabilidad provocada por este divorcio entre la mano de obra impotente y el capital, libre y rápido. En el mundo empresarial, esto  se expresa en las nuevas estrategias de reducción- fusión. Ello permite una mayor adaptabilidad a un mercado siempre variable; pues al tiempo que las empresas se libran de cargas innecesarias, adquieren una mayor capacidad de movimiento a nivel global, sin tener en cuenta las consecuencias, lo que según Bauman lleva a la ética a un “territorio inexplorado” hasta ahora.
Por su parte, el estado también ha quedado subordinado al flujo permanente de los poderes económicos. Cualquier gobierno moderno y razonable será aquel capaz de seducir a los inversores mediante nuevas desregulaciones, si no quiere arriesgarse a la imposición de la globalización por “otros medios”, que pueden ir desde  restricciones económicas hasta el conflicto directo , no sujeto ya a la invasión territorial. Al igual que en el caso del individuo, la autoridad de los gobiernos en la modernidad líquida es mantiene sólo de iure. 

La profundidad con que el autor analiza tales problemáticas, hoy de máxima actualidad,  hacen de la obra- cuya fuerza principal reside en su minuciosidad descriptiva- una valiosa herramienta para comprender cuál es el terreno actual de la historia;el campo de batalla. Además, el estilo de Bauman, a medio camino entre la literatura, la filosofía y la sociología, prolífico en ejemplos y comparaciones , hacen estimulante su lectura, aunque tal vez la estructura de los capítulos, pueda resultar reiterativa en algunas partes que parecen solaparse, debido a que toda la obra es un despliegue del propio concepto de le da título, modernidad líquida.  
Rubén Fernández a 30 de Octubre de 2013.

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